Catarsis

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Se pone los tenis, da un portazo a la puerta y se marcha enfurecida.

Corre dos kilómetros, cuatro, cinco sin darse cuenta de todo lo que ocurre alrededor; sin mucho menos notar que el lago viste sus mejoras galas, para ella.

Al kilómetro siete comienza a sentir un pesado cansancio en las piernas y un dolor punzante en el hueso de la cadera. Se percata entonces de su cuerpo. Respira.

De reojo el brillo rojizo  del agua avisa la puesta del sol. Es  así que se da cuenta… los árboles llueven unas flores amarillas tapizando el suelo donde apoya cada uno de sus pasos. Piensa en la belleza, no necesita recordarla, ahí está.

Entonces sus sentidos se abren y percibe el aroma del romero y la lavanda, el olor a peces de agua dulce, las flores silvestres… y de repente ya no siente enojo.

Blanca está corriendo junto al lago y comprende que tal vez sea la última vez. El viento la aviva y sonríe, extiende los brazos como queriendo alcanzar la montaña que la circunda.

Una paz la serena. No hay más cansancio.

Es entonces cuando Blanca hace las paces…

Hace la paz con el lago. Le perdona no ser océano.

Hace la paz con él. Le perdona el haber dejado de leerla, el no darse cuenta de cuánto lo extraña.

Hace la paz conmigo. Me perdona no ser suficiente, ni aun en mis noches de llena.

Hace la paz contigo. Te perdona no darle eso que te pide, eso que ansía, necesita.

Y hace la paz con ella misma. Se perdona seguirte amando, a pesar de todo…

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6 pensamientos en “Catarsis

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