Café III

La moka de una taza burbujea y la cocina se impregna de ese olor

que es más que un olor -es una sensación.

Y recorro los días de viaje con  mis padres, cuando el café era cosa de grandes, y sin embargo hacía mío el aroma que inciensaba  en cada desayuno.

La primera vez que probé  su sabor real,   me fascinó descubrir la dulzura ligeramente ácida detrás del golpe amargo de su extracto al desnudo.  Esa extraña sensación, similar al  placer, en el tacto de mis labios, en mi gusto, en mi olfato  fue una experiencia casi  mística que llegaría para quedarse, como parte mía, tan mía.

Después llegó él y  dijo  “claro que me gusta el café”, sonriendo, mientras me  enseñaba el arte de preparar la moka. Entonces ese ritual se volvió un rincón de dos en el que los  desconocidos dejaban de serlo taza a taza.

Pasaron muchas lunas,  mares, amigos,  aeropuertos, ciudades,  despedidas,   travesías mojadas de tormenta, arcoiris y la niebla.  Tonalidades que cambian día a día y sin embargo una constante…  ese momento en la mañana en el que  todo se detiene  en un instante de bienestar a pesar de… no obstante… aunque… y todo está bien   cuando sostengo la taza pequeña, caliente, entre mis dedos índice y pulgar y el líquido denso, amargo, dulce, ácido, chocolatoso, afrutado,   recorre mi garganta;  el aroma bosque, madera,   se vuelve parte de mi respiración y me refugio en ese espacio donde soy, y recuerdo, y siento, y vivo… y me preparo aun sin saberlo para todo lo demás.

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